Sunday, February 24, 2013

El Otro Yo de Mario Benedetti


The Other Me
by Mario Benedetti

He was a normal boy: his pants were baggy, he read comics, ate noisily, picked his nose, snored during naps, he was called Armando Normal in all except for one thing: he had Other Me.

The Other Me had poetry in his eyes, fell in love with actresses, lied cautiously, loved evenings.  The boy worried about his Other Me greatly and felt uncomfortable around his friends.  For his part the Other Me was melancholy, and because of this, Armando couldn’t be as ordinary as he wanted.

One evening Armando came home from work tired, slipped off his shoes, moved his toes slowly and turned on the radio.  Mozart was on the radio, but the boy slept.  When the Other Me woke he cried inconsolably.  At first, the boy didn’t know what to do, but soon he composed himself and thoroughly reprimanded the Other Me.  The Other Me said nothing, but the next morning he had committed suicide.

At first the death of the Other Me was a shock for poor Armando, but right away he thought that now he could be completely ordinary.  This thought comforted him.

There had been only five days of mourning, when he took to the street to show off his new and complete ordinariness.  From far off he saw his friends approaching.  This filled him with joy and immediately he broke into laughter.

But when they passed close to him, they didn’t notice his presence.  To make things worse, the boy could hear what they said: “Poor Armando.  And to think that he seemed so strong and healthy”.

The boy didn’t have any more desire to continue laughing and, at the same time, he felt a lump in his throat that seemed slightly nostalgic.  But he couldn’t feel truly sad, because all of his melancholy had died with the Other Me.

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En Español

El Otro Yo
de Mario Benedetti

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la naríz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse imcómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañama siguiente se habia suicidado.

Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.

Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas.

Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».

El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

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